Un Genio Ignorado // Por Charles d’Hooghvorst

cattiauxLouis Cattiaux, poeta y pintor, ciertamente no era un hombre ordinario. Hace ya 36 años (en 1990) que desapareció, pero siempre permanecerá inolvidable para aquellos con quiénes intimó. Desconcertante, de reacciones imprevisibles guiadas por una lógica particular que sorprendía a sus visitantes; le gustaba chocar a la gente e incluso escandalizar, pero siempre con humor.

Era uno de esos hombres sin complejos, perfectamente libre en el mundo, que vivía intensamente el presente, al igual que un niño alegre y sin malicia. Con frecuencia charlatán y payaso, se negaba a tomarse el mundo en serio, no más que a sí mismo; nunca magistral, si enseñaba, lo hacía a la manera de un bufón, que posee el arte de decir a los que quieren oír, haciendo reír a los demás y sin que puedan ofenderse.

“Nos llamaremos incapaces, inútiles y estúpidos cuando reposemos en la contemplación del Único; o bien, nos llamaremos charlatanes, malabaristas y payasos cuando enseñemos su santa ley en el mundo. – No nos corresponde tomarnos ni exigir a los demás que lo hagan. Esto corresponde a Dios, que ve claramente lo de dentro de las criaturas”. (M. R. XX, 66-66’)

“Hemos tomado el hábito del charlatán, pues el desprecio desinteresado del mundo es menos duro de soportar que su admiración interesada – El Libro es como el arca que lleva y transmite el secreto del Único. Muchos lo llevarán, pero pocos lo penetrarán”. (M. R. XXIII, 61-61’)

“Has perdido tu vida, decían mirando mis manos vacías y nadie oía al Dios que cantabaCaptura de pantalla 2013-06-26 a la(s) 21.45.31 en mi corazón”. (Poemas del Conocimiento)

Ciertamente, este Cattiaux, el verdadero, no era accesible de buenas a primeras; era imposible acercarse a él sino era a través de El Mensaje Reencontrado, la obra que tardó los catorce últimos años de su vida en escribir, o, mejor dicho, la obra de toda su vida. Trabajó durante seis años para escribir los 12 primeros capítulos (unas 100 páginas), editados en 1946; los versículos que aparecen en ellos están como concentrados al extremo, cada palabra ha sido pesada con cuidado, al igual que una quintaesencia destilada pacientemente gota a gota, purificada a la perfección. El artista se ejercitó mucho hasta dominar su arte, que posee entonces perfectamente, pues a partir de esta época, los versículos parecen llegar a un ritmo siempre más rápido.

Tres años más tarde, en 1949, ya escribía: “Diez años han sido necesarios para escribir el Libro, así pues, ¿quién se negaría a leerlo durante el mismo tiempo antes de formular preguntas inútiles?”. (M. R. XVIII, 45) Escribía día tras día, versículo tras versículo como guiado, poseído por un dios secreto, no escuchando más que a él, sin distracción en el tumulto de la gran ciudad. Los versículos surgían en cualquier momento del día, transcritos inmediatamente en el primer trozo de papel que encontraba. Era como el choque de los múltiples acontecimientos de la vida cotidiana con alguna misteriosa realidad secreta que era el único en contemplar. Nada hay aquí de especulativo ni abstracto sino una experiencia encarnada. Bastaba con saber escucharle.

Ahora el hombre ha desaparecido pero nos queda su mensaje. ¿Realmente hay aquí un mensaje reencontrado o, más exactamente, el Mensaje Reencontrado? Muchos son los que lo han hojeado distraídamente, sin duda ignoraban que existe un mensaje olvidado, del mismo modo que hay una palabra perdida. Algunos, sin embargo, atraídos por un cierto perfume de verdad, se tomaron el tiempo necesario para leerlo y meditarlo. Estos pueden afirmar que «el mensaje» ha sido reencontrado.

Este mensaje no es nuevo y es lo que paradójicamente constituye su «originalidad»; eso, por cierto, parece no habérsele escapado a René Guénon. (1) No es nuevo, decimos, en el sentido de que es auténtico, procedente siempre del Origen y por lo tanto idéntico a través de la gran cadena de los maestros del saber. Si dudáis de lo que afirmamos aquí, tomaos entonces la molestia de examinar este mensaje renovado, si tenéis paciencia para ello y dejáis a un lado vuestros prejuicios, os daréis cuenta de que, en un lenguaje actual, lo que se expresa aquí es el eterno mensaje profético de los sabios de la humanidad.

Sigamos, pues, sus huellas en el conocimiento del antiguo Egipto y en el de los padreslibro MR del Taoísmo, en la sabiduría de la cábala hebraica, en los misterios de la antigua Grecia, en la gnosis del hermetismo cristiano y en la del Islam, en los arcanos de la Gran Obra de los filósofos…

“Hay aquí más que una moral y más que una ascesis, más que una filosofía y más que una mística. Aquí está la llave de la restitución del hombre y del mundo en Dios”. (M. R. IX, 36’)

El espíritu de Elías no se inventa. Ciertamente los escritos de los sabios son necesarios y debemos leerlos y meditarlos creyendo en sus testimonios. Pero, ¿qué es la tradición escrita sin la actualización de la tradición oral, la única que puede devolvernos su “sentido”? Sin ésta última, podemos hablar y escribir sobre la primera con más o menos acierto, pero nuestras especulaciones inteligentes chocan siempre contra la superficie de las palabras, puesto que no sabemos de “qué” se trata en realidad.

“Este libro no es para todos, sino sólo para quiénes les es dado creer en lo increíble”. (M. R., Introducción)

“No es la obra lo que cuenta ni el obrero, sino la cosa de que hablan la obra y el obrero”. (M. R. XXIII, 58’)

“Si habéis encontrado la unidad del Único, romped las páginas del Libro y dejadlas volar al viento tarareando una alegre canción. – Si no, no os separéis de ellas ni de día ni de noche hasta que penetren vuestro entendimiento y hasta que os conduzcan al barro que no moja ni mancha nada”. (M. R. XXIII, 57-57’)

¡Qué lástima para nosotros, hombres de este final del siglo xx, si este mensaje, dicho de nuevo, no fuera oído! ¡Qué mala suerte para todos los ausentes, los adormecidos, los distraídos, los insensibles, los razonables, los provistos, los mediocres! ¿Acaso también vamos a quedarnos cortos de aceite para nuestras lámparas, como les ocurrió a las vírgenes necias?

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El Mensaje Reencontrado // Louis Cattiaux

DEDICATORIAS de EL MENSAJE REENCONTRADO

A la gloria de Dios (1) y al servicio de los hombres que lean con los ojos del espíritu y del corazón los signos inscritos en la carne del mundo.

Entra de nuevo y reposa, o sal y brilla, pero permanece siempre en uno.

Este libro no es para todos, sino sólo para quienes les es dado creer en lo increíble.

Louis Cattiaux

 

PRESENTACIÓN AL LECTOR DE E. y C. d’HOOGHVORST

Presentación a la primera edición de El Mensaje Reencontrado

La sabiduría es tan escasa en el Tíbet como en París, decía Louis Cattiaux. Sin embargo, puede florecer en todas partes sin que nadie se dé cuenta. Un hombre, semejante a tantos otros pero no igual, que vivía en la gran ciudad, escribió estas páginas que al lector corresponde juzgar. No son para todos, aunque estén destinadas a circular entre los hombres de hoy, que por negligir la antigua revelación se han dejado atrapar en una profunda ignorancia.

Aquellos para quienes ha sido escrito este libro lo sabrán al leerlo, pues, como dice el autor, les es dado creer lo increíble. Ellos sabrán leerlo y entenderlo, porque pertenecen a la misma familia espiritual. Antes de marcharse de este mundo, el 16 de julio de 1953, el autor se lo dejó como una contraseña para reunirse y un motivo de esperanza,(1) lo dedicó en especial a los pueblos negros, todavía divididos y como en la infancia, pero llamados a ser poderosos en el mundo por el juego de una Providencia indiferente a las intenciones y a los trabajos de los hombres.

Es difícil abordar El Mensaje Reencontrado. Contiene, según el autor, una iniciación y una mística estrechamente unidas y presentadas bajo una forma concentrada que exige más que una lectura ordinaria, pues las palabras están sobrepasadas por la revelación y la obra se presenta como el aire líquido que ha adquirido propiedades extraordinarias, pero que son invisibles a simple vista…(2) Los versículos están dispuestos en dos columnas, ya que existen dos hombres en nosotros, el hombre carnal y el espiritual, el hombre exterior y el interior, como existen también las tinieblas y la luz, la justicia y el amor, lo puro y lo impuro; todas las cosas están dispuestas de dos en dos (3). Cada versículo implica varios sentidos en profundidad: la columna de la izquierda suele dar los sentidos terrestres: moral, filosófico y ascético; la columna de la derecha, los sentidos celestes: cosmogónico, místico e iniciático. Algunas veces, los versículos se completan con un tercero dispuesto en medio de la página, que hace concordar los otros dos en el sentido alquímico que une el cielo con la tierra y que hace referencia al misterio de Dios, de la creación y del hombre; sólo a Dios corresponde desvelar al hombre piadoso este sentido, el más profundo. También se observará que cada uno de los XXXX libros lleva un doble título; por ejemplo, en el libro primero, a la izquierda: “Verité nue”; a la derecha: “El brote verde”. Los cuarenta títulos de las columnas de la izquierda son anagrama unos de otros (4). Es insólito componer cuarenta anagramas con nueve letras, siempre las mismas. El lector entendido se dará cuenta de que ni una sola palabra de este libro ha sido puesta sin intención.

El Mensaje Reencontrado nos habla de una única cosa en términos siempre distintos, por ello la multitud de versículos no es una dispersión. Los ignorantes en busca de una “nueva revelación” que añada o sustraiga algo a la antigua, quedarán defraudados. Aquí sólo se encontrará un testimonio (5) a favor de la antigua, que nos habla de la caída del hombre en este bajo mundo, de las consecuencias físicas y morales de dicha caída y del medio para su regeneración corporal y espiritual, por la vía misteriosa que conduce a la resurrección (6).

Quizás escandalicemos a más de un lector afirmando que el Espíritu de Elías, siempre vivo, se manifiesta de edad en edad (7): que estos se abstengan, porque aquí está la piedra de escándalo. No obstante, bienaventurado quien sepa separar en las páginas que siguen este espíritu de su ruda corteza, reconozca su autenticidad y se nutra de ella para una vida eterna.

La dedicatoria general de El Mensaje Reencontrado nos indica que está destinado “a la gloria de Dios y al servicio de los hombres que lean con los ojos del espíritu y del corazón los signos inscritos en la carne del mundo”. En efecto, allí donde el lenguaje se dirige a los ojos del espíritu y del corazón, los ojos de la razón carnal o del intelecto no nos enseñarán nada. Estos últimos sólo nos muestran la corteza o la apariencia cambiante del mundo; los otros nos guían hacia la Esencia y la Substancia, su soporte indestructible, y nos hacen reconocer la luz interna que Dios encendió al comienzo en la naturaleza y en nuestro corazón (8).

Se trata, pues, de una obra de meditación que requiere ser leída, releída y estudiada con simplicidad de espíritu y pureza de corazón. ¿Acaso la multiplicidad y el espíritu agitado no nos privan de la posesión del Reino de los Cielos?, ¿y no es la impureza de nuestros corazones lo que nos aleja de la visión de Dios (9).

El testimonio de las Escrituras nos enseña que el conocimiento de la luz divina no debe proceder del exterior sino del interior; despertada y excitada por su Origen libre, esta luz sepultada germina entonces y, volviéndose la “justa medida” y la fuente de nuestros juicios, “aparece después al exterior y resplandece plenamente en la unión” (10).

Un sordo opinará de la música según la descripción que de ella se le haga, porque carece del sentido que le permitiría experimentarla por sí mismo. Igual ocurre con los demás sentidos. La luz resplandece en las tinieblas, pero si el hombre está privado del uso del órgano apropiado para aprehender esa luz interior, es para él tinieblas mientras no haya recuperado la mirada del espíritu y del corazón.

Si tenéis fe y paciencia, escribía el autor a propósito de El Mensaje Reencontrado, se esclarecerá por sí mismo poco a poco y todo lo que os parece oscuro se os mostrará entonces evidente.

Así es como proponemos al lector que se forje su propia opinión sobre esta obra y juzgue por sí mismo si es idéntica o no a la enseñanza tradicional.

FRAGMENTO DE EL MENSAJE REENCONTRADO // LIBRO XI

Eres una tierra que no ha sido purifi­ca­da, que no ha sido lavada por la llu­via.

  EZEQUIEL.

Este libro ha sido compuesto por Isis para su hermano Osiris, a fin de hacer revivir su alma, reanimar su cuerpo y devolver el vigor y la juventud a todos sus miembros divinos, a fin de que, finalmente, sea reunido con el Sol, su padre.

  SAHU.

RIVE TÉNUE TIERRA VIVA
1. El hombre más loco puede volverse Sabio si Dios le ilumina, pero el Sabio no podría volverse insensato porque es el Señor quien le sostiene. 1′. Más vale parecer idiota alabando a Dios que pasar por inteligente negando la evidencia de la vida.
2. El trabajo que conviene a los igno­rantes y que los mantiene en la obedien­cia y en el orden no podría aplicarse a los hombres instruidos y dueños de sí mismos. 2′. Si no encontramos a Dios durante nuestra vigilia, tampoco lo poseeremos durante nuestro sueño.
3. Las sutilezas intelectuales son nimiedades respecto al conocimiento del mundo total. 3′. Arrojemos nuestra ciencia al fuego y nos producirá por fin algo bueno, como la simplicidad de las ceni­zas.
4. El Sabio y el loco no dudan, sin embargo, uno posee y el otro es poseído. 4′. Abandonemos toda vana malicia y Dios aparecerá desnudo ante nuestros ojos deslumbrados.
5. La vida en Dios primero es dulzura, alegría y liberación, luego se pierde en la contemplación del Ser sin análisis posible. 5′. Quien alcanza a Dios en espíritu y en cuerpo es como la quintaesencia del cielo y de la tierra.
6. La gran rebeldía es buscar a Dios sin cesar.

El verdadero éxito es alcanzarlo sin retorno.

6′. En el lugar oculto, la joya luminosa vive actualmente.

“Haciendo el bien, el mal desaparece por sí mismo. Combatiendo el mal, se corre el gran riesgo de hundirse en él toda­vía más.”

7. Quien se imagina obrar mal u obrar bien según los hombres peca por ignoran­cia.

Quien está instruido dispone las cosas y deja a Dios el cuidado de realizar su obra.

7′. No hay ley para quien habita la ley, pues él es ya la ley y el amor con el Único.

“Que los ignorantes no expliquen nada y la vida estará menos dividida.”

8. La alegría de Dios está en la unión de los Sabios y en la plegaria de los santos, como está en la inspiración de los artistas, en los juegos de los niños y en los cantos de toda la naturaleza. 8′. Aquel que es verídico rápida­mente es liberado del mundo de los medio­cres, pues la luz se separa por sí misma de las tinieblas que la rodean.
9. El Libro es polvo y ceniza comparado con la viva realidad de Dios. Sin embar­go, da el medio para reconocer el manan­tial del cielo y de la tierra. 9′. El conocimiento libera al Sabio y la fe salva al santo, pero es el amor lo que los une en Dios.

Louis Cattiaux // Arte Hermético

No es fácil resumir aquí qué significa el arte hermético ni concretar sus límites, aunque sin duda, y esto es lo que interesa, está directamente relacionado con la alquimia. En la obra de Cattiaux hallamos constantes referencias al arte alquímico, que denomina «el antiguo Arte Real de los Sabios». En sus pinturas y dibujos se encuentran por doquier signos alquímicos que muestran los elementos con que trabaja este arte y que describen sus operaciones; pinta personajes recibiendo el rocío del cielo, atanores y matraces, cuerpos germinando de sus tumbas, magos sosteniendo la piedra, tigres coronados por el sol, etc.

«El genio es como la iluminación, que aparece después del desenmarañamiento del caos interior y que se realiza en la meditación solitaria. Es como el despertar del ser secreto y todopoderoso que dormita en cada uno de nosotros. Corrientemente se dice que el genio es sublime, nosotros precisamos que es “sublimado”. Cuando el artista alcanza el trance creador, se vuelve como un hombre ebrio que habla consigo mismo y que ya no se preocupa por ser oído o por no serlo, pues su mensaje expresa el esclarecimiento de las tinieblas interiores y sirve ante todo a su propia naturaleza, al ser la verdadera libertad la recompensa a su identificación con la Unidad primera». L. Cattiaux.

La alquimia es, según Cattiaux, la llave de oro para interpretar todos los símbolos y, lógicamente, la de sus pinturas. E. y C. d’Hooghvorst explican que este arte «une el cielo con la tierra y hace referencia al misterio de Dios, de la creación y del hombre», de manera que el significado alquímico une los sentidos terrestres: moral, filosófico y ascético, con los celestes: cosmogónico, místico e iniciático.

«la alquimia no es el yoga de Occidente; es la ciencia primera y última, la ciencia de la renovación de la creación, el misterio de los misterios […]. Pero también contiene una trampa para los codiciosos y los groseros». L. Cattiaux.

La trampa consiste en confundir los símbolos que explican los secretos de la naturaleza con los propios secretos, pues, como escribió el alquimista Geber: «Los antiguos ocultaron los secretos de la Naturaleza no sólo en los escritos, sino también mediante numerosas imágenes, caracteres, cifras, monstruos y animales representados y transformados de diversas maneras. Y dentro de sus palacios y templos pintaron estas fábulas poéticas, los planetas y los signos celestes, con muchos otros signos, monstruos y animales. Y no eran comprendidos sino por quienes tenían conocimiento de tales secretos».

El arte hermético, como la pintura de Cattiaux, enseña, pero también esconde, da mil nombres y figuras a su única materia: el don del cielo sin el cual la obra alquímica no puede empezar.

En la obra pictórica de Cattiaux abundan, así mismo, los grandes temas del cristianismo: la anunciación, la Virgen, el nacimiento de Jesús, imágenes de la crucifixión, los discípulos de Emaús, el juicio final… Cada una de estas pinturas es una reflexión profunda y una enseñanza sobre la iconografía cristiana tal como fue en su origen. Las enseñanzas evangélicas son tratadas desde el conocimiento del secreto que encierran, ya que «gracias a la luz de la santa ciencia de Hermes -explicaba Cattiaux a un amigo- penetrarás poco a poco en el misterioso y oculto significado de la vida y pasión del Señor-Cristo». L. Cattiaux.

«Pinto Vírgenes Eternas de las que nadie conoce el verdadero nombre excepto el que las desposa».  Según Cattiaux, el misterio mariano, tan ignorado y desprestigiado en nuestra época, es el lugar por el cual se debe pasar imprescindiblemente para llegar al sol filosófico, y sus creaciones artísticas sobre este tema, lejos de preocupaciones estéticas, son enseñanzas concretas sobre este misterio: La fecundación de la Virgen, Virgen negra, Maria Paritura, Virgen solar, etc.

Según E. d’Hooghvorst, Louis Cattiaux «pintaba utilizando una materia rica, densa, coloreada en extremo. Afirmaba haber reencontrado el secreto de la antigua materia pictórica de los hermanos Van Eyck, este secreto de oficio que los pintores de antes se trasmitían de boca a oreja y de maestro a discípulo».

En sus pinturas y escritos encontramos constantes referencias a la magia, pues sin ella el arte no existiría; Cattiaux explica en su tratado: «El origen del arte no es resultado de una necesidad estética, como generalmente se cree, sino de una necesidad de dominación mágica».

Gracias a la influencia del cielo, captada mágicamente, las pinturas de Louis Cattiaux no se quedaron encerradas en el mundo del subconsciente surrealista, sino que reflejan los secretos de la vida; en este sentido escribió: «me gusta sobre todo pintar personajes imaginarios dentro de paisajes inventados, pero por encima de todo la búsqueda mágica tan inquietante a causa de la expresión muy secreta de la vida».

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